viernes, 20 de mayo de 2011

una sociedad desprevenida e indignada

José Asensi Sabater

Ayer domingo las urnas dictaron, como era previsible, su veredicto. Descubriremos probablemente algunos datos controvertidos y opinables, y otros tal vez inesperados aquí o allá, todo ello en el marco del guión establecido. Pero un malestar profundo subyace al funcionamiento de las instituciones y se retroalimenta y difunde entre amplias capas sociales sin que el resultado de las elecciones lo vaya a apaciguar. Si bien hemos ejercido nuestro derecho a votar o a no votar, existe la conciencia de que, en esta ocasión, no tendrá el efecto profiláctico esperable.

Las fuentes del malestar de la ciudadanía son bien conocidas: en su origen hay una estafa financiera sin precedentes cuyas víctimas son millones y millones de personas, conforme a la fórmula perversa de que los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan. A medida que se van conociendo los detalles de la gigantesca operación de fraude masivo y se desvela el papel de las instituciones, personas y organismos –aparentemente fiables- que fueron cómplices y consentidores de la operación, la indignación de la ciudadanía crece en la misma medida que su desaliento ante un futuro tenebroso. Mientras los responsables del fraude, una vez rescatados con dinero de todos, se reparten cantidades obscenas y exigen nuevos sacrificios y recortes, en actitud amenazadora, los vínculos sociales se rompen y se resquebraja el modo de vida, no ya de la clase trabajadora, sino de amplios sectores de la clase media.

La gente, desprevenida ante la impudicia de los responsables y de los efectos destructivos de la crisis, está asistiendo estupefacta a la respuesta kafkiana de unos Estados que se han puesto de rodillas ante el gran capital, rescatándolo primero y allanando después el camino para que continúen engrosando su tasa de ganancia. El resultado es que a una democracia de baja calidad se ha sumado la evidencia de que las instituciones democráticas han actuado con desprecio al sentir de la gente. Como en alguna ocasión he escrito en estas páginas, la democracia (es decir, el ídeal de democracia) es la gran perdedora en este envite y eso incluye, claro está, a los partidos políticos convencionales y al diseño mismo de las instituciones.

No debe extrañar entonces que el malestar se haya trasladado a la calle. Desde hace un año, ha habido explosiones de descontento en varios países europeos, desde Grecia a Inglaterra, y no parece que vayan a remitir. Ahora, en vísperas de la cita electoral, la protesta se ha instalado en España, cogiendo desprevenida a una clase política que continúa encerrada en los aparatos de los partidos políticos turnantes.

En estos pocos días hemos visto y leído la disección del movimiento 15-M y de la plataforma Democracia Real Ya, por parte de un nutrido grupo de sociólogos y analistas, cuyas opiniones amplifican, así como las propias manifestaciones, ávidos medios de comunicación. No añadiré nada nuevo a este respecto. Me parece, simplemente, que éstas son expresiones de descontento bienvenidas porque ponen el foco en las carencias de un sistema democrático que arrastra muchas debilidades desde los tiempos de la transición, y que ha sido incapaz de cerrar la brecha abierta entre los partidos políticos y la ciudadanía que, antes bien, se ha ampliado.

Por la índole de sus planteamientos –relativos al cambio del sistema electoral, a la configuración de la justicia, a la lucha contra el desempleo, contra la corrupción, entre otras- se podría decir que son aspiraciones por ahora adscritas al malestar que emana de sectores de la clase media que ven peligrar a toda velocidad sus oportunidades de futuro. Por otra parte, dentro de la heterogeneidad del movimiento, destaca la actitud pacífica, dialogante y espontánea, así como un sentido organizativo eficiente y responsable, lo que apunta a formas prometedoras de acción política. No son, desde luego, como ellos se encargan de reafirmar, grupos antisistema, sino extra-sistema, porque los cauces de participación que desearían tener están cegados.

Esta llamada de atención a los partidos hoy existentes no debe echarse en saco roto. Los tiempos que se avecinan no van a ser precisamente un camino de rosas y la protesta y el conflicto social, larvados en la crisis, va a extenderse sin ninguna duda. El problema es cómo encauzarlos si los partidos tradicionales siguen en su actitud estatuaria, labrando su inevitable obsolescencia, con arrogancia, endogamia y burocracia. Todo ello en el bien entendido de que cada una de esas propuestas que hoy se debaten, por muy moderadas que sean –y de hecho lo son por ahora- desembocarán en un reforma del esquema constitucional español (y europeo), una reforma pendiente durante muchos años, pero que se presenta a ojos vista como muy necesaria.

sábado, 23 de abril de 2011

transiciones

José Asensi Sabater

La situación natural de las cosas es la transitoriedad. Las sociedades, los partidos, las culturas, las religiones: todo se encuentra en un estado transitorio. Ya lo decía el viejo Heráclito, que veía el mundo en continuo cambio. La transición no es un momento fugaz, un periodo de tiempo determinado que conduce a una situación estable, definitiva: una chispa que pronto se apaga y se disuelve en un estado permanente de oscuridad. Hay quien cree, por ejemplo, que tras la transición española después de Franco ya nada puede cambiar y que el régimen constitucional establecido es permanente e inalterable como las Leyes Fundamentales del dictador. Pero la transición sigue operando incansablemente como motor de la dinámica social. Aznar quiso hacer su transición para insertar a España en el imperio americano, al que supone imperecedero. Zapatero hizo la suya, que consiste en insertarnos en el tiempo transitorio de la posmodernidad global.

La transición empieza por ser la del individuo mismo, que es ante todo un ser a medio camino entre sus fluidos naturales y sus pretensiones intelectuales siempre indeterminadas, cambiantes, cuya secreta dinámica, como ya dejara caer Hegel, está representada por la Esfinge, mitad animal y mitad intelecto radiante vuelto de cara hacia la luz solar. Leí hace algún tiempo una novela de ciencia-ficción que cuenta la historia de unos humanos hiperdesarrollados que alteraban su percepción con el fin de pasar sus vacaciones con grupos de humanoides ligeramente más evolucionados que los grandes monos para compartir con ellos las sensaciones elementales de la pasión, el sexo, el odio, los celos, el placer (tal vez) de concentrarse en el instante sin tener que pensar. Algo de eso ocurre ya hoy cuando desde nuestra posición cosmopolita visitamos como turistas los paraísos perdidos, las comunidades exóticas presuntamente naturales, tratando de revivir inútilmente experiencias primordiales olvidadas.

Por eso la dignificación de la situación de los primates, que ahora se quiere convertir en ley, no es más que la extensión de nuestra conciencia transitoria hasta los estados ya evolucionados de donde procedemos. No es que los primates lo reclamen, porque son incapaces de exigencia, sino que somos nosotros los que nos reconocemos en un continuo vital que nos vincula a ellos. Tratar sin crueldad a los animales y prohibir –no otorgar derechos, puesto que los animales no son titulares de deberes- determinadas prácticas inhumanas con los parientes más próximos es una ampliación de nuestra conciencia de transitoriedad, de permanente estado de mutación, que enlaza con las expresiones actuales más avanzadas de la ficción ciberpunk.

La mutación, pues, continúa y de eso se trata principalmente en la cultura posmoderna, como podemos ver en las transformaciones de las relaciones corporales y sexuales de los géneros, dentro de cada género y entre lo animal y lo humano. No parece haber fronteras precisas entre lo natural y lo artificial, entre las etnias y las culturas, entre los humanos y las máquinas. Es más, la mutación más humana es la que nos relaciona precisamente con las máquinas. El miedo a que la máquina acabe controlando al propio ser humano –un peligro que ciertamente existe si se decretara el cese de las transiciones- ha producido en todos los tiempos ideologías preventivas, conservadoras, que van desde el “ludismo” a la denuncia del Heidegger contra la técnica que aplasta al ser humano. Pero en el fondo es miedo al proceso de autotransformación, del que se podría decir que constituye ya todo un derecho, y que no se hará en contra de las máquinas sino insertándolas como suplementos necesarios de un devenir artificial, capaz de conjugar la potencia del cuerpo con la más potente conciencia que infunde el amor.

Este es el juego. El reino de la necesidad reclama orden, estabilidad, reglas, un esqueleto que mantenga fija la estructura de la sociedad. Pero la cuestión clave es que esa estructura no está determinada para siempre, aunque a veces lo parezca, sino que es fluida e inefable debido a la impredecible libertad del ser humano, ese ser que se encuentra en transición entre el animal y la máquina, y que introduce en el sistema lo impredecible, es decir, aquello que hace posible que la transición continúe.

martes, 19 de abril de 2011

sabotaje

José Asensi Sabater

Paseo por el parque, recuerdo, un parque en que hay muchos niños y voy acompañado de algunos de mi familia y de Mariano Rajoy. No se qué demonios hace allí Mariano Rajoy. Los niños empiezan a flotar en el aire como globitos de gas y se elevan por encima de nuestras cabezas y, horror, de repente comienzan a caer y a estrellarse contra el suelo poseídos de una especie de ataque nervioso que los pone rígidos. Esa rigidez se apodera también de mí, de mis acompañantes y del propio Rajoy, que abre la boca y lanza un grito electrizante. Y en ese momento me despierto.

Esa pesadilla me la cuenta un amigo que la noche anterior había visto el documental “Inside Job”, o sea, “trabajo interno”, “trabajo sucio” o “sabotaje”, el famoso documental de Charles Ferguson que mucha gente está viendo desde hace meses y que narra la historia de la mayor estafa habida desde que el mundo es mundo llevada a cabo por los dueños de las finanzas globales y que ha puesto al planeta entero a los pies de los caballos, llevándose por delante los empleos, las esperanzas y los sueños de millones y millones de personas.

No me extraña la pesadilla de mi amigo porque según los comentarios que se oyen de la película, premiada con un Oscar, pertenece al género de terror. No voy a contar la trama y aburrir a los que ya la han visto pero la recomiendo a los que no, porque es el mejor documento que se conoce sobre los autores directos de la Gran Estafa. Eso sí, no la pasen por la noche porque a lo mejor les entran náuseas y ganas de vomitar y probablemente pesadillas. Se trata del mayor espectáculo de corrupción de la Historia, creo que se puede decir, protagonizado por un grupo de cocainómanos compulsivos que llevaron la gestión de las finanzas globales –que reflejaban por otra parte los esfuerzos de millones de ahorradores- más allá de los límites de la imaginación y para quienes ninguna ganancia era suficiente.

Cabe subrayar si acaso el fraude cometido por las agencias de calificación, que ponían la triple A a bancos de inversión a punto de quebrar, y, algo que se sabía, pero ahora se confirma, y es que esas Universidades prestigiosas que se precian de tener en sus filas a los sabios de la economía, Columbia, Harvard, Stanford, etcétera, en realidad estaban gobernadas por señores académicos que, a su vez, cobraban cifras fabulosas por trabajar para los artífices del crash, difundiendo científicamente que éstos eran el exponente de la mejor economía y que su ejemplo debía de servir como acicate para los estudiantes y ser adorados como los héroes de la libertad y el progreso de los pueblos.

Por cierto, no debe de extrañar que el señor Aznar, que recibe emolumentos del magnate Murdoch, se haya ido a Columbia y allí haya soltado las conocidas ideas que tanto halagan los oídos de estos monstruos del pillaje, y, de paso, nos deje caer que Gadafi al fin y al cabo era un amigo reconvertido y que parece mentira que ahora nos metamos con él. Será acaso consecuencia de la íntima amistad que Aznar y su yerno Agag, un hombre de negocios, fraguaron con el dictador cuando Aznar le visitó en Trípoli ya no como presidente de gobierno, para algo más, supongo, que para hacer turismo: todo un hombre sin complejos este Aznar.

Luego me quedo pensando -intentando descifrar, por afición, el sueño de mi amigo- qué demonios haría allí en el parque el pobre de Mariano Rajoy. Se me ocurre que los niños-globos representen tal vez la escalada en las encuestas de las huestes de Rajoy que, de repente, caen con estrépito al tiempo que Mariano profiere su estentóreo alarido. Pero no; creo que esta interpretación es banal. Podría ser acaso que la pesadilla reprodujera oníricamente el desenlace de una situación idílica de niños flotando felices en el éter que se torna en angustia ante la catástrofe que se ve venir, paralizando al protagonista y su familia y, también a la figura del padre mandón, que en este caso es Don Mariano. Tampoco es esta una versión para echar cohetes. Me sirve si acaso para indicar que nadie quedará a salvo de esta emponzoñada situación y mucho menos los que dicen que se van a comer el mundo y devolvernos a los tiempos de Aznar, que es precisamente cuando se pusieron en marcha las bombas de relojería que han estallado. Y digo que son tiempos emponzoñados, y por otro lado expectantes, porque cuando pase la marea populista y medio facha que se avecina, la gente va a empezar a protestar de verdad.

jueves, 7 de abril de 2011

otras transiciones


José Asensi Sabater

Los cambios más significativos de los últimos tiempos se pueden resumir en los tres siguientes: cambios geopolíticos, cambios tecnológicos de los instrumentos de comunicación y crisis sistémica de la economía global.

De ellos, el primero es probablemente al que debemos de prestar más atención por sus efectos a largo plazo y como medio de entender fenómenos tan actuales como las transiciones de numerosos países hacia formas más democráticas en el modo de gobernarse. Tal es el caso de los países árabes, azotados por la carestía, movilizados por nuevas generaciones de jóvenes airados con sus gobiernos corruptos y autocráticos, aunque también, y esto es tal vez lo más importante, conscientes de que los esquemas geoestratégicos heredados de la época de la división del mundo en bloques terminó hace ya tiempo y que, hoy, las coordenadas han cambiado.

Este somero análisis vale también para transiciones en ciernes de países aislados y rezagados como Cuba. Es obvio que el régimen cubano lleva años deshojando la margarita de cómo encarar un cambio que a todas luces se hace inevitable. Pero dadas las especiales circunstancias de la isla, la chispa que disparará los cambios no provendrá exactamente de la masa juvenil, desplazada en gran media a la diáspora, ni tampoco de las redes sociales que, aunque presentes en la clandestinidad, pueden ser policialmente acalladas. El factor geoestratégico será, a mi modo de ver, determinante. Ya no hay un espacio comunista fuera de Cuba y sus tradicionales aliados como Venezuela, u otros añorados como Libia, son poco fiables, o poco eficientes, o simplemente se convirtieron en regimenes cleptocráticos.

Los campos en que se divide el mundo ya no son bloques ideológico-militares contrapuestos. Esto se terminó con la caída de la Unión Soviética. El ascenso de China y la batalla por la apropiación de los recursos del planeta, tanto en el apartado energético como alimentario, es en estos momentos la clave decisiva, así como el deseo de la gente de gobernarse con arreglo a estándares respetables. Las tensiones sociales y los conflictos ya no se dan entre bloques ideológicos sino dentro de cada sociedad.

Desde este punto de vista, Cuba no puede pretender llevar a cabo una transición al estilo de las que se produjeron en décadas anteriores. Ni el modelo chino, ni el vietnamita, más cercano a sus viejas relaciones internacionales, u otros como Taiwan (¿), son los únicos puntos de anclaje. La transición en Cuba tiene como referencia a América Latina, especialmente el área del Caribe, y a los Estados Unidos. A ello hay que añadir la disposición de los Estados Unidos a establecer relaciones más equitativas y equilibradas con el continente americano, como modo de frenar el desembarco chino en amplias regiones del cono sur. La reciente gira de Obama por varios países latinoamericanos se inscribe en este movimiento estratégico de largo alcance.

Estos días se reúne en Nueva York un grupo de académicos que analizan aspectos diversos de la situación cubana. Expertos de las mejores universidades norteamericanas y europeas, así como profesores cubanos de la isla, en su mayoría “raulistas”, debaten sobre las alternativas que hay sobre la mesa en vísperas del importante sexto congreso del partido comunista cubano. La tesis que se abre camino es la de apoyar los nuevos “lineamientos” diseñados por el régimen para favorecer una apertura económica de Cuba en diversos capítulos, lo que llevaría a una relajación gradual de los tres factores que hasta ahora han mantenido a la sociedad cubana en una camisa de fuerza: la omnipresencia del partido único, la militarización de la política y la dirección autoritaria de la economía y de la sociedad.

Ésta es la línea a la que se apuntan, me parece a mí, la propia Iglesia católica de la isla (tal vez el sector extra-régimen mejor organizado) y otros sectores influyente del interior y de la diáspora. Ello permitiría la apertura de espacios de libertad económica que más tarde o más temprano se traduciría en espacios institucionales de libertad. Un giro de la política norteamericana –relajando y eliminando finalmente el embargo- y europea –modificando la Posición Común- serían otras piezas indispensables del planteamiento.

Enfrente está la tesis de los que anteponen criterios políticos: el fin de la dictadura y un proceso constituyente. Pero esta opción, en mi opinión, tendría como resultado el encastillamiento del régimen y el bloqueo de la situación sine die.

lunes, 28 de marzo de 2011

debates nucleares

José Asensi Sabater

No se puede parar el debate nuclear después de lo que está pasando en Japón. Sería algo así como dejar de hablar del cuestionamiento de las farmacéuticas después del fiasco de un medicamento letal. Y ha habido bastantes casos de estos.

El problema consiste, parece ser, en evaluar costes y beneficios, riesgos y ventajas, de una energía que tiene evidentes problemas para ser controlada. Es cierto que técnicamente su control es posible, pero hay otros aspectos importantes que no están resueltos: los riesgos a que se ven expuestas las centrales, sean riesgos naturales, guerras, atentados o fallos humanos, y por otra parte, está el problema de qué hacer con los residuos, cuyos efectos mortíferos se prolongarán por decenas de miles de años como una huella imborrable de nuestra forma de afrontar la vida en este planeta. Por otra parte, se puede discutir si esta fuente de energía es necesaria o si, en el horizonte de los próximos veinte o treinta años, hay alternativas viables.

Muchos dirán que es mejor desterrar las centrales nucleares, estableciendo plazos para el cierre de las que están en funcionamiento e impidiendo la construcción de otras nuevas. Normalmente a esta tesis se acompaña la propuesta de que hay que invertir más en energías alternativas, blandas y limpias. Y ciertamente el futuro pertenece a este tipo de recursos, pero en el momento presente, en que la energía barata es condición necesaria para seguir creciendo, especialmente por parte de los países en desarrollo (y para mantener el estilo de vida occidental) así como para salir de la fosa de la crisis, la pregunta es si las energías alternativas son suficientes y asumibles en términos de coste económico.

Se dirá que las energías limpias serían más baratas si a ellas se destinara más dinero en investigación; pero se trata de un desideratum que no parece tener eco, aquí y ahora, en los que tienen que invertir. Hay otras propuestas, que más bien suenan a recomendaciones bienintencionadas, como las que animan a la gente a restringir el consumo cotidiano. Creo sinceramente al respecto que sería admirable que cada cual tratase de evitar el despilfarro y la estridencia consumista, pero no creo que se alcanzaran resultados significativos a gran escala.

Lo que demuestra el fiasco nuclear de Japón es que la energía no es algo que fluye más allá y al margen de las condiciones de vida, sino que está vinculada al modo de producción existente, que hoy es, a lo largo y ancho del planeta, un modelo capitalista y consumista. Todas las ideologías fuertes, liberales o comunistas, es decir, todas las ideologías vinculadas a una idea de progreso, de desarrollo y de crecimiento, fueron y son amantes de la energía nuclear. Tanto en Europa y Estados Unidos como la Unión Soviética y sus satélites. Ahora toca el turno a los países en plena explosión desarrollista, y por qué no, a la miríada de otros países que necesitan energía barata para continuar creciendo.

Así que no hay salida ni remedio. Antiguos marxistas, reconvertidos en anti-nucleares, como Carlos Taibo, promueven el ascetismo en el consumo como remedio. Viejos ecologistas, por el contrario, como Lovelok, se pronuncian hoy por la energía nuclear como salida, aún sabiendo que la muerte del planeta es inevitable.

Está muy bien que se discuta y que unos y otros tiren de un lado u otro de la cuerda, pero el dilema es otro, desolador: porque si el mundo no va a parar en su objetivo del crecimiento, la energía que se empleará será la más barata, no la más eficiente. Y si, por el contrario, el objetivo es proteger el planeta a toda costa, entonces el problema es si esto se consigue con una democracia o con una dictadura.

jueves, 24 de marzo de 2011

Libia y la ONU

José Asensi Sabater

La guerra siempre es un mal camino lo diga quien lo diga. pese a que hay casos extremos en que se hace inevitable.

Una de las más altas metas de la humanidad es desterrar el recurso a la guerra y, de alguna forma, este fue el principal objetivo que se fijó la ONU desde su nacimiento, a resultas de la deplorable experiencia precedente de la Sociedad de Naciones. Desde que se aprobó la Carta, las guerras como tales están prohibidas. Ya no existe, formalmente, el acto de declaración de guerra. Sólo está permitido participar en un conflicto armado por causa de legítima defensa y con la autorización del Consejo de Seguridad.

Habría que ver, sin embargo, si el sistema onusiano es hoy un dispositivo adecuado para lidiar con las guerras de “baja intensidad”, locales o regionales y, sobre todo, con las revoluciones internas que desembocan en conflicto abierto. El sistema de la ONU, donde permanece anquilosado el privilegio de veto otorgado a las grandes potencias, se diseñó a partir de la experiencia de la segunda guerra mundial, pero es discutible que sirva para encauzar los conflictos actuales. Pensemos que la ONU sigue siendo un foro donde no se da precisamente una magna representación de países democráticos y respetuosos con los derechos humanos. Aunque por otra parte es la última instancia en materia de legalidad internacional.

El papel de la ONU se asentó sobre un principio fundamental: el respeto a la soberanía de los Estados y a su integridad territorial. Éste era el punto fuerte del modelo. Pero poco a poco se fue introduciendo un criterio adicional (que no figura en la Carta) que, en cierto modo, entra en contradicción con el anterior: la defensa de los derechos humanos allí donde estos son violados por las propias autoridades locales. En los últimos tiempos la ONU ha autorizado la intervención armada o no, previa o posterior, por aire o por tierra y con distintos condicionantes, cuando se trata de poner fin a crímenes contra la humanidad, genocidios y otras violaciones graves de los derechos humanos.

Pero una intervención bajo la justificación de salvaguardar los derechos humanos tiene perfiles ambiguos. Sabemos que en muchos países se violan derechos humanos y se cometen genocidios y masacres. Sabemos también que el mundo está plagado de dictadores y autócratas. Entonces, lo que resulta en la escena real –y por lo que se duda de la coherencia de la ONU- es que unas veces sí y otras no, es decir, que la intervención por estos motivos es selectiva, coincidiendo con la relevancia de los recursos del país en cuestión y los intereses de los más fuertes. Todos sabemos que cuando se aprobaba la última resolución de Libia, tropas árabes entraban en Baréin no precisamente de vacaciones y el régimen sirio lanzaba a su policía contra los manifestantes con un alto saldo de muertes.

El caso libio es por supuesto diferente del caso irakí. Sobre esta cuestión no hay duda. Pero hay zonas de sombra, tanto en las resoluciones del Consejo de Seguridad como en la situación de hecho sobre la que operan. En Libia no se ha producido exactamente una protesta ciudadana y una represión subsiguiente de alcances genocidas, sino un levantamiento armado que ha puesto al país en situación de guerra civil. El propio coronel Gadafi comparaba su papel de exterminador con la entrada de Franco en la ciudad de Madrid durante la guerra civil española. Así y todo, las resoluciones de la ONU no autorizan a inmiscuirse en la guerra sino únicamente a establecer una zona de exclusión aérea, el embargo de personas concretas del régimen y a tomar todas las medidas necesarias para impedir la violación de los derechos de la población, esto es, evitar que el grandullón, que tiene a su favor su mayor potencia de fuego, de paso que aniquila a los sublevados cause estragos entre gente inocente.

Pero son muchas las incógnitas y las incongruencias que se acumulan en el caso de la intervención en Libia, lo que se refleja en el estado de confusión reinante entre las fuerzas aliadas y en la falta de determinación concreta de los objetivos. Una intervención armada nunca es, exclusivamente, por motivos humanitarios. Incluso para los analistas realistas de las relaciones internacionales, éste nunca debería ser el motivo. Luego debe haber otros. Y de haberlos conciernen principalmente a algunos países europeos, cada cual por específicos intereses de índole interna o de estrategia en el espacio mediterráneo. Francia parece que los tiene y personalísimos (aunque es el único país que, siguiendo el manual al uso de Derecho Internacional, ha reconocido a los sublevados, lo cual le da pie para abastecerlos y equilibrarlos frente al acoso de Gadafi) al igual de Cameron y otros. La posición española fijada por Zapatero y el Congreso es más incomprensible, por idealista, porque se escuda en que la participación española es exclusivamente de índole humanitaria.

Así que hay motivos para estar muy atentos a las acciones que se están desarrollando. Y anteponer ante todo el criterio de que la guerra es el último recurso. No sea que se materialice el viejo dicho maldito: guerras tengas y las ganes.

viernes, 18 de marzo de 2011

los borregos de Panurgo

Hay citas que no requieren explicación ni interpretación. Son tan nítidas que resuenan en las experiencias de cada cual. Una de ellas, inmortal, se debe al satírico francés por excelencia, FranÇois de Rabelais. Cuenta en el “Gargantúa” la historia de un viaje en un barco cargado de borregos, en que un tal Panurgo tiene un incidente desagradable con uno de los tratantes de ganado. Para vengarse, Panurgo compra un borrego que arroja acto seguido al mar. Desde allí, el animalito atrae con sus balidos a los demás borregos, que se arrojan tras él sin pensárselo dos veces y, claro está, perecen.

Todos sabemos que la acción descrita es frecuente y se puede aplicar a un buen número de casos: a lo que sucede en los partidos, en las elecciones, en la moda, en el arte, en los incendios de las discotecas, etcétera, o sea, en las situaciones inciertas, subjetivas o estresantes. Pero en estos tiempos, en que abunda todo eso, se ha rescatado la frase, no sin motivos, para describir el absurdo comportamiento de los mercados, esos que suelen presentarse como modelos de racionalidad y buen juicio. En la experiencia económica tenemos el tópico ejemplo de la “estampida del bisonte” que acontece cuando en una situación de pánico bursátil la manada sigue en tromba al primer ejemplar que sale disparado hacia ninguna parte. Pero lo de los borregos es más matizado y realista, me parece a mí, pues cuenta con el toque de mansedumbre con que la manada afronta su destino fatal.

Bernard Cassen, un economista lúcido, presidente honorario de ATACC, ha escrito al respecto un artículo con este título: “¡Todos al agua, como los corderos de Panurgo!” como modo de resumir la situación, más trágica que cómica, de los gobiernos europeos que siguen a pie juntillas la estampida que encabeza Ángela Merkel con la seguridad de ir derechos al matadero. No es el único que lo dice. En el “Manifiesto de Economistas Aterrados”, otra obrita de la que recomiendo encarecidamente su lectura, otros economistas afamados, pero no borregos ni paniaguados, como Philippe Askenazy, Thomas Coutrot, André Orléan y Henri Sterdyniak, refieren lo mismo.

“Cualquiera que tenga un poco de sentido común –dice Cassen en su artículo- difícilmente comprenderá cómo, dentro de un conjunto económico tan integrado como la UE, una yuxtaposición de planes irracionales de austeridad con el objetivo de reducir la deuda pública podría llevar a un crecimiento de los países involucrados. Semejante ejemplo de pensamiento mágico da cuenta del desconcierto e incluso del pánico de los Gobiernos Europeos. Todos han claudicado ante Berlín, capitulando ante el más poderoso. El problema es que el modelo alemán no es exportable a sus socios, salvo que éstos busquen su autodestrucción. Un modelo que se basa en el estancamiento del consumo y en los excedentes comerciales, puede que interese a Alemania, pero arruina a todos los demás”. A la propia Alemania, se podría añadir, como le sucedió finalmente a Panurgo.

La estampida provocada por la canciller no obedece solamente a una suerte de moralina, muy del gusto teutón, de que, ante todo, hay que ser austeros: son intereses a corto de la parte alemana. Pero, ay, los borregos la siguen a ciegas.

“Los Economistas Aterrados”, por su parte, advierten de las falacias que han calado en la manada, tales como que los mercados financieros son eficientes (cuando no lo son y a la vista está), que favorecen el crecimiento económico (será más bien las remuneraciones de accionistas y gestores), que los mercados son buenos jueces de la solvencia de los estados (¿); que al alza excesiva de la deuda pública es consecuencia de un exceso de gasto (¿de quién, exactamente?); que hay que tranquilizar a los mercados financieros para poder financiar la deuda pública; que la UE defiende el modelo social europeo (¿), y otras cosas por el estilo.

Pero no hay nada que hacer si los borregos no lo ven. Hay incluso otras maneras más rápidas y electrizantes de morir. Enchufen por ejemplo Intereconomía.