jueves, 3 de marzo de 2011

Alicante

José Asensi Sabater

Oigo con más insistencia que de costumbre que Alicante, una de las ciudades más importantes de España, no cuenta en el escenario político, que es la cenicienta de la Comunidad Valenciana, poco menos que una barriada de la ciudad del Turia. De ser cierto, y algo debe haber, no sería extraño que se estuviera gestando una nueva versión del “alicantinismo”, esa tentación latente que se basa en el victimismo ante Valencia y en la “defensa” de los intereses propios.

Es que resulta –me dicen algunas personas con las que me reúno a charlar- que apenas hay alicantinos, nacidos aquí, que nos representen: casi todos son forasteros que han aterrizado en diferentes momentos. En este sentido, pensé yo, no faltan datos. Exceptuando a José Luis Lassaletta, alicantino de pro, todos los alcaldes posteriores proceden de los más variados lugares. Angel Luna nació en Madrid y llegó aquí siendo joven, enviado por Alfonso Guerra. Luis Díaz Alperi es asturiano, la actual alcaldesa, Sonia Castedo, gallega de origen, y Elena Martín, madrileña.

Si nos fijamos en las personas relevantes que han ocupado escaño por la circunscripción de Alicante o sitial de edil en el Ayuntamiento nos encontramos con que Eduardo Zaplana era cartagenero ¡y llegó a Presidente de la Generalitat! Angel Franco es natural de Almanza, provincia de León. Leire Pajín procede de San Sebastián, al igual que su familia. Juana Serna es de Albacete. Fernández Valenzuela, de Extremadura. Roque Moreno, natural de Ceuta, etcétera. Me dicen, dato que no tengo comprobado, que de los actuales ediles socialistas tan solo uno o dos son nacidos en Alicante.

Lo mismo sucede, por ejemplo, en la Universidad. Todos los rectores sin excepción llegaron de otros lugares de España: Antonio Gil Olcina era murciano, Ramón Martín Mateo de Valladolid, Andrés Pedreño igualmente cartagenero, Salvador Ordóñez, el inédito, era de Asturias, e Ignacio Jiménez Raneda, el actual rector, de Alagón, provincia de Zaragoza.

Y así podríamos repasar otros ámbitos periodísticos, culturales, asociativos, partidarios, empresariales y sindicales para darnos cuenta de que, en efecto, abunda entre la dirigencia alicantina personas foráneas de primera generación. Ciertamente, Enrique Ortiz, un señor de mucho peso, es alicantino, pero las cuatro o cinco personas más que “controlan” la ciudad no lo son.

Esta extraña situación, nada habitual en otros lugares, se explicaría por la condición de ciudad abierta de Alicante, una ciudad de aluvión que acoge sin mayores problemas a quienes vienen a asentarse aquí. Estaríamos ante un caso muy especial de sensibilidad ciudadana, ante un pueblo culto que hace gala de cosmopolitismo, de tolerancia y de gran capacidad de integración.

Pero, insisten mis contertulios, eso es sólo una parte de la cuestión, que también se podría interpretar como dejadez, “menfotisme” (vicio que se nos atribuye y en el que también este artículo podría incurrir), o muestra de esa mentalidad paleta de quienes creen a pie juntillas que lo que procede del exterior es siempre de mejor calidad. Además, añaden, eso explicaría por qué la ciudad ha sido moldeada sin respetar sus raíces, su memoria, a golpe de apetencias inmediatas.

Dejo estas intrincadas aunque interesantes cuestiones a los especialistas, como mi amigo José María Perea, que es, para mí, el mejor conocedor de la ciudad. Yo lo único que digo es que, a estas alturas, una vez desveladas ciertas ideologías y habiendo madurado lo estrictamente necesario, las cosas no cuadran. Todo el mundo sabe que en España, hoy día, pesan más los intereses territoriales y locales que los generales; que Alicante está huérfana de valedores, cosa que se nota aún más en plena crisis; que jamás hubo un “centralismo” de Valencia tan abusivo como el de ahora, y que no sería de extrañar, como dije al principio, que el famoso “alicantinismo” se desempolvara y renaciera.

domingo, 13 de febrero de 2011

de la amistad

José Asensi Sabater

De la amistad se ha dicho casi todo. Pero a mi me gusta releer un libro que tengo como favorito en este tema, “Políticas de la amistad”, del ya desaparecido Jacques Derrida, y ello al hilo de las amistades que van y vienen, las que se conjugan en la vida política, y, por supuesto, las que se dan fuera de ella.

Derrida hace un largo comentario acerca de una frase enigmática atribuida a Aristóteles por Diógenes Laercio, que dice así: “Oh! Amigos míos, no hay ningún amigo”.

Buena parte de la tradición occidental, dice Derrida, ha tratado de descifrar esta sentencia, desde Cicerón y Rabelais, pasando por Pablo de Tarso, Kant, Victor Hugo, Freud, C. Schmitt, Michêlet, Bhanchot, y otros muchos, pues la dificultad de la sentencia en cuestión radica en que parece contraponer la invocación a la amistad (“Oh!, amigos míos”) con la afirmación de que no hay ninguna amistad (“no hay amigos”).

Diversas interpretaciones ha merecido esta frase.: Que no hay amistad porque los amigos nos traicionan, ya que la amistad oscila peligrosamente entre la afinidad y el odio. Que no hay amigos porque los amigos, los de verdad, se perdieron. Que no hay amigos porque los que ayer lo fueron han cambiado y ya no son los mismos. Que no hay amigos porque los secretos que se jura guardar entre amigos (ya que el secreto es uno de los supuestos de la amistad) son delatados por la cadena de las amistades. Que no hay amigos porque no se puede tener muchos amigos, conforme al tópico: pocos y buenos.

Que no hay amigos porque la verdadera amistad no existe. Que no hay amigos, porque la amistad es algo que está por venir. Que no hay amigos porque los amigos mueren y entonces es cuando se les puede querer, de tal suerte que la amistad es tan solo el anticipo del duelo. Que no hay amigos porque ya no hay enemigos. Que no hay amigos porque la virtud y el respeto, que es su base, se han corrompido. Que no hay amigos porque ya no hay de qué hablar. Que no hay amistad sin condición. Y así sucesivamente.

Y sin embargo… la invocación a la amistad sigue ahí, reclamando sus derechos, pues no se puede vivir sin amigos.

No estamos hoy en la época de la amistad virtuosa, de la amistad fraterna (dado que, para algunos, el modelo de amigo es el hermano), de la amistad romántica, que declaraba que la Humanidad entera era el único y verdadero amigo. Cabe, pues, preguntarse qué concepto de amistad tenemos nosotros, los que vivimos ahora el presente.

Cualquiera sabe. Aunque me temo que es un concepto declinante, confuso, tanto, y precisamente, como la manera declinante en que se manifiesta la política y el modo confuso de compartir el amor. Contentémonos con suponer cómo podría ser la amistad si todavía fuera posible esperar un mañana amistoso.

Debería ser un concepto de amistad, en primer lugar, y en contra lo dispuesto por la tradición a que se refiere Derrida, que es la nuestra, que fuera capaz de abarcar la amistad entre mujeres, y entre hombres y mujeres. Una amistad no sólo de los próximos, sino de los lejanos. Un concepto de amistad que pudiera ser más allá de las vinculaciones de familia, de ideología, de sexo, de raza, de posición social, y de lenguaje común. Una amistad que pudiera florecer sin necesidad de administrarla contra nadie, y que fuera más allá de lo propiamente humano, o sea, teniendo en cuenta a los animales y a la naturaleza. ¿Sería posible?

A la sentencia aristotélica, se podría hacer la siguiente apostilla: “Oh! amigos míos, ¿hay algún amigo?”

miércoles, 9 de febrero de 2011

radiografía del malestar

Radiografía del malestar

José Asensi Sabater

Me refiere un estimado amigo y colega José Chofre, buen conocedor de la realidad cubana y atento analista de lo que allí sucede, que el régimen de los Castro pretende mantener a la gente en la inopia de lo que ha sucedido y sucede en Túnez. Nada en los noticieros, nada en la tele, nada. Alguna mención, me dice, se hace de Egipto, pero no para apoyar el cambio democrático sino para subrayar la connivencia de Mubarak con Israel y el imperialismo yanki.

Es evidente que las explosiones democráticas que están teniendo lugar en Oriente Medio y el Magreb producen extrañas reacciones, algunas inquietantes. Porque seamos sinceros: las revueltas, por muy civilizadas que sean, por muy pacíficas y constructivas que se presenten, sin otras miras que el anhelo de libertad y democracia, ponen a más de uno de los nervios. A los dictadores por descontado, de cualquier signo que sean, pero también a los que alardean de ser demócratas de pedigrí.

Las revueltas asustan. No se sabe en qué van a quedar. Además, no estaban en el guión. Pero si somos coherentes con lo que pensamos, esto es, que el mundo está interconectado, que lo que ocurre allí tiene repercusión aquí; si afirmamos que la Red levanta secretos y da acceso a información; si somos conscientes de que hay problemas globales de los que no podemos escapar, entonces se entiende la preocupación de quienes intuyen que tales revueltas no son exclusivamente cosa de otros, sino que reflejan una parte de nuestros propios problemas. Las causas de las revueltas en el sur no son tan distintas de las que se dan, más soterradamente, en la orilla norte del Mediterráneo, a pesar de que nos separen casi un noventa por ciento del PIB y la estructura demográfica sea la inversa.

También en este lado el desempleo de los jóvenes es un gravísimo asunto sin visos de solución. Internet y Wikileaks han desmontado tramas y desvelado secretos. La gente está harta de la corrupción y de la inoperancia de las elites políticas. Teme por el aumento de los precios de los alimentos y de la energía. También aquí el futuro se presenta negro y se extiende la frustración ante la prepotencia de una trama financiera podrida, que cayó pero no se hundió, y que ahora vuelve para acosar en plan zombi a los gobiernos democráticos (puestos de cuclillas) con el producto del saqueo a gran escala más descomunal de la Historia. También aquí los paganos de la situación, a la que se exige sacrificios, austeridad y un horizonte de desempleo y carestía, es la gente normal y corriente.

Salvando distancias y peculiaridades, hay un hilo conductor de la protesta que va desde Tiananmen y Seattel a los movimientos indígenistas en Latinoamérica; de la revuelta saharaui de hace escasos meses a los brotes registrados hasta ahora en la, en general, silente Europa, y, desde luego, a las potentes e inesperadas revoluciones que ahora contemplamos. Se dirá que los presupuestos son muy distintos y que los posibles desenlaces son confusos, pero me parece que sería un error de bulto considerarlas con las anteojeras de los movimientos políticos y el lenguaje analítico del siglo XX. No se trata de un conflicto de culturas, de religiones y cosas por el estilo: es otra cosa.

Estamos metidos en un limbo. Las bases del sistema han colapsado pero somos incapaces de pasar página. Entretanto las protestas se extienden y a no mucho tardar se harán presentes en nuestra querida Europa. Reformamos a la baja nuestro modo de vida para dar satisfacción a los ladrones de guante blanco pero no hacemos realmente nada para reformar esquemas debilitados de un modelo político que no conecta con las aspiraciones de la gente.

sábado, 5 de febrero de 2011

Revueltas, revoluciones

José Asensi Sabater

Mientras se arrastran las economías de los países ricos al tiempo que crecen las de los países emergentes, el espacio normalmente descrito bajo los epígrafes genéricos de “musulmán” o “árabe”, ambos inapropiados, ha explotado de improviso ante la mirada atónita de gurús y analistas (que se caracterizan por no acertar ni predecir gran cosa) y la habitual indolencia de los gobiernos europeos, involucrados en el apoyo a regímenes que se suponían inamovibles.

Uno echa mano de su propia experiencia tratando de recomponer pequeños detalles que recuerda, como el viaje aquél que hice hace bastantes años acompañando al rector Ramón Martín Mateo y a Ricardo Medina a la ciudad de Argel, donde se podía ver a miles de jóvenes deambulando por las calles cogidos de la mano, como fantasmas del paro, dispuestos a iniciar una protesta por la subida del precio del pan, lo que vinculaban a la percepción de que el futuro que les aguardaba era absolutamente negro. Otra imagen que evoco estos días sucedió en las playas del Mar Rojo, similares a la de San Juan, donde había familias jordanas y egipcias tomando el sol, con la particularidad de que mientras los jóvenes maridos se exhibían en tanga dando cuartel a la turista del bikini, sus mujeres permanecían sentadas en la arena, enfundadas en sus hábitos, interesadas no obstante en el manejo de artefactos tecnológicos que las vinculaban a la Red.

Flashes de la memoria, pues, que me dan pistas de lo que sucede ahora: Malestar, carestía, masas de jóvenes formados pero condenados al desempleo y la emigración, desánimo ante el futuro, sed de libertad, redes sociales, información e intercomunicación, mujeres (un soporte esencial en las revueltas), son algunos de los ingredientes –no tan diferentes de los que se dan en el lado norte del Mediterráneo- que han hecho saltar las tapaderas aparentemente selladas por regímenes que han hecho del miedo al espantajo del islamismo radical (que alimentan discretamente, por otro lado) y de determinadas geoestrategias la coartada para mantenerse en la cima de la corrupción y procurarse un inmenso botín.

La crisis económica, como se sabe, produce el efecto de desgastar a las primeras de cambio a cualquier gobierno, sea o no democrático. La diferencia radica en que, en las democracias consolidadas, los partidos, las instituciones y el marco constitucional proporcionan mejores alternativas y cauces para disipar el malestar. En Túnez, Egipto y otros países vecinos, lo único que hay es el régimen y el vacío. De manera que llenar ese vacío es el principal escollo para convertir lo que ha sido una gran revuelta para echar a los autócratas en un movimiento democrático y transformador.

Nadie sabe, obviamente, qué va a suceder. La protesta está ahí, como un signo de modernidad y de una nueva conciencia que se abre paso en una sociedad obligada a representar un papel que ya no conecta con la miríada de intereses que se abre paso confusamente desde sus propias entrañas, precisamente por parte de la gente en cuyas manos está el único futuro posible. Pero, por otro lado, Egipto, el país que domina el Canal, y que cuenta con poderosos aliados, entre ellos Israel, tiene instrumentos en manos de la autocracia para resistirse al cambio y dar tiempo a que la oligarquía que gobierna trace sus planes.

Me viene a la cabeza el adulador consejo que, a principios del siglo, los diputados absolutistas dieron a Fernando VII, conocido por “El Manifiesto de los Persas”, que comenzaba así: “Era costumbre entre los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento del rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligara a ser fieles a su sucesor”. La movilización de los sicarios del Mubarak para sembrar el terror apunta a este tipo de tácticas, así como la tentación de potenciar la presencia del islamismo radical. Ojalá no sea éste el escenario que se consolide con las consecuencias nefastas que traería consigo.

Muchos miran a Obama, tal vez la clave de la solución, y no a Europa, a la inoperante Catherin Ashton, o a Trinidad Jiménez, que una vez más da la sensación de que va con el paso cambiado. El escenario planificado desde Washintong es un gobierno provisional con el consenso del ejército, los grupos opositores y sectores del régimen de cara a un gobierno provisional que dé paso inmediato a elecciones: una solución, dicho sea de paso, a la española. Veremos.

Un apunte final: Internet y las redes sociales han sido una herramienta fundamental para la revuelta pero son mucho menos eficaces a la hora de la deliberación pública y la toma de decisiones.

miércoles, 26 de enero de 2011

sostenibilidad

Sostenibilidad

José Asensi Sabater

Entre los lodos que trae la crisis es lógico que se pierdan ciertas referencias a las que estábamos acostumbrados en estos años pasados: los temas de igualdad y no discriminación, los principios de una sociedad bien ordenada, la equidad, la tolerancia, la integración social y tantos otros valores que circulaban no hace mucho configurando (algunos dirían, banalmente, adornando) un tipo de sociedad que parecía haber alcanzado, cosa imposible, el movimiento continuo. Pero el mayor peligro que se deriva del desquiciamiento económico en que nos encontramos es tal vez olvidar la importancia decisiva de la cuestión ambiental. Si la salida de esta crisis pasa por soslayar o relajar el cuidado hacia la naturaleza, de la que formamos parte ¡Apañados vamos!

Se trata de un asunto crucial, incluso para un constitucionalista. Se dice que el siglo XVIII fue el del humanismo; el siglo XIX, el de la cuestión social; el siglo XX, el de la democracia social. Pero el siglo XXI es o debería ser, por la cuenta que nos trae, el de la sostenibilidad ambiental. Baste recordar de dónde venimos. Venimos de una época dilatada en la que hemos vivido a costa de la naturaleza, de otros seres humanos, de otros pueblos; a costa, en fin, de otras generaciones. Revertir todo este proceso es una especie de imperativo categórico.

Para algunos la sostenibilidad no es más que un término de moda que favorece ocultaciones ideológicas, tesis ésta a la que se apuntan sectores enteros de neoconservadores norteamericanos. Pero, obviamente, no es así. No hace falta apelar al miedo a un final catastrófico e irremediable de la biosfera, como augura Lovelock, o al pesimismo antropológico de John Gray, quien nos recuerda en sus libros el común destino del hombre y el animal, ambos sometidos a las leyes inexorables de la evolución, para darnos cuenta de que no podemos jugar con los equilibrios de un planeta cuyos recursos son limitados, y de que corremos el serio peligro de desaparecer tal y como hoy nos reconocemos, junto con las sociedades que hemos construido.

En la agenda del constitucionalismo que está por venir el principio de la sostenibilidad ambiental deberá ocupar un lugar central, además de los tradicionales de libertad, igualdad y solidaridad. Se pondría así en su sitio a la tendencia narcisista de creernos los amos del mundo, cabezas ungidas y destinadas por no sé que mano celestial a progresar indefinidamente, o sea, a esquilmar la naturaleza hasta convertirla en un lugar enlutado.

José Joaquín Gomes Canotilho, un prestigioso constitucionalista portugués, enuncia unas cuantas tareas imprescindibles que no me resisto a trasladar aquí: Según él, la sostenibilidad ecológica supone imponer las siguientes medidas: 1) que la tasa de consumo de recursos no renovables no pueda ser superior a su tasa de regeneración. 2) que los recursos no renovables sean utilizados en términos de ahorro ecológico y racional, de manera que las futuras generaciones puedan disponer de ellos. 3) que los volúmenes de polución no puedan superar la capacidad de regeneración de los medios físicos y ambientales. 4) que la medida temporal de las “agresiones” humanas esté en una relación equilibrada con el proceso de renovación temporal, y 5) que las ingerencias “nucleares” de la naturaleza deben primero evitarse y, subsidiariamente, compensarse y restituirse.

La sostenibilidad ambiental, obviamente, no es algo alcanzable al margen de las determinaciones económicas y sociales. Dicho de otro modo: la sociedad y la economía tienen que ser también sostenibles. Esto significa que más allá de las regulaciones ya existentes en el ámbito internacional (Convención sobre los cambios climáticos, sobre la biodiversidad, sobre el patrimonio cultural, etcétera) o europeo, el objetivo es alcanzar un Estado ambientalmente sostenible en el contexto de una sociedad internacional asimismo animada por un principio político federalmente sostenible. Si hay alguna justificación para exigir regulaciones y poderes efectivos a escala global, la de la sostenibilidad es tal vez la principal.

Pero la salida de la crisis no está planteada desde esta premisa sino todo lo contrario. La lucha brutal por hacerse con el control de las “tierras raras”, los cultivos intensivos transgénicos, la batalla por los recursos hídricos y petrolíferos, la competencia y el desarrollismo que marcan la agenda del mundo en Davos, apuntan precisamente en esta dirección.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Viajar a USA

Me preguntó Pepe el otro día en la mesa si había estado recientemente en los Estados Unidos. Le dije que no, aunque había recibido un par de invitaciones. La razón sigue siendo la misma. Si voy, va a ser por cosas de trabajo y para eso tengo que rellenar una serie de formularios a cuál más tonto. Ignoro si todavía tendría que responder a la pregunta de si tengo intención de matar al presidente de los Estados Unidos. Pero sí sé que en Barajas los altavoces recuerdan que los que viajan a dicho país tiene que estar en la puerta de embarque hora y media antes del vuelo. Ahora me encuentro con que los escaners corporales, esos que te desnudan hasta la piel, no son seguros, es decir, que es posible introducir explosivos sin que el escáner lo detecte (por ejemplo, en alguna cavidad corporal). Pero no hace falta tanto: basta con la ballesta de un paraguas plegable, que no da problemas con los rayos equis, pero que sí puede dar problemas a la yugular de una azafata. Un piloto estadounidense ha mostrado en youtube los fallos que tiene tanta histeria (la frase es mía) con respecto a la seguridad.
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Total, demasiados argumentos para no plantearme dicha visita que, según mi costumbre y mis posibilidades, no tendría que ser turística.
Mi primer visado para los Estados Unidos lo obtuve a finales de los 60 en el consulado de Barcelona. Se exigía una entrevista personal y el funcionario que me atendió me preguntó si hablaba inglés (él no hablaba castellano ni, por supuesto, catalán). Le mentí y le dije que no, así que trajeron un intérprete. El funcionario me preguntaba en inglés y yo contestaba de inmediato en castellano sin esperar al traductor que, él sí, traducía al inglés al funcionario que volvía a preguntarme en inglés y yo a contestar en castellano para que me lo tradujesen al inglés. Fue divertido. Pero ahora tengo juegos mucho más divertidos que pasar por el escáner dos horas antes del vuelo.
Todo esto no quita para mi admiración hacia aspectos de la vida estadounidense. Que una candidata al senado use dinero de la campaña para gastos personales, allí no sólo es un delito sino que es perseguido judicialmente. En España, de producirse (no la apropiación indebida, que sí se produce, sino la judicialización), sería por ajustes de cuentas dentro del propio partido y lo que sería extraño no es que se produjese la apropiación sino que se castigase.

jueves, 23 de diciembre de 2010

un año bajo el signo del miedo

Un año bajo el signo del miedo

José Asensi Sabater

El año transcurrido ha sido bueno para los que cuentan con recursos, seres sin problemas que han tenido la oportunidad de elegir y de optar para mantener su capital a buen recaudo. Para la gente del común, para las empresas pequeñas y medianas, ha sido un tiempo de angustia y desesperanza.

Dado que el epicentro de la crisis se sitúa bajo nuestros pies, varias cosas se han puesto de manifiesto: la primera es que el estilo de vida occidental está tocado. El Estado, el anciano ente soberano, se ha desvanecido como un espejismo, y con él la promesa de cohesión social por la que, en gran medida, se justificaba. Entre la arrogancia del gran capital, por un lado, y Wikileaks por otro, le han despojado de sus ropajes, dejándole a la intemperie. El vacío creado ha sido ocupado por otros poderes que se mueven a sus anchas sin más límites que los que así mismos les place darse.

La crisis ha venido a mostrar que la relación de confianza entre la gente y sus representantes políticos ha hecho aguas. La democracia, tal como se entendía, ha resultado seriamente dañada, de suerte que la distancia entre el comportamiento errático de la clase política y el electorado no ha hecho más que agrandarse hasta adquirir dimensiones abismales. Los partidos políticos y otros entes representativos del trabajo o de la empresa han adquirido un aire fantasmal, por lo que no es de extrañar el descrédito que les afecta. Tanto da que se trate del grupo en el poder como del grupo de recambio, puesto que uno y otro obedecen a mandatos que no son los de sus votantes.

La batalla, en fin, contra los autores y los instrumentos del estropicio que padecemos no sólo no se ha ganado sino que los más han sido derrotados. Verdaderamente se puede decir que el siglo XXI, que debutó con la siniestra destrucción de las Torres Gemelas, se ha visto confirmado con la ola devastadora de la crisis. Las cosas, pues, no serán jamás como fueron.

Cuesta entender, sin embargo, que cambalaches tales como el que la deuda privada se haya convertido en pública -para que los ventajistas multipliquen aún más sus ganancias en el gran casino de las finanzas globales, donde abundan los estafadores- se haya consumado sin que la multitud de damnificados alce su voz. Motivos para ello hay, pero algo lo impide.

Lo que lo impide, a mi modo de ver, es el clima gélido de miedo que se ha expandido por doquier hasta penetrar por los poros y las mentes de la gente. El miedo es libre, sin duda. Pero estamos ante un miedo inducido, sistémico, que suele ser el acompañante oscuro de todas las grandes crisis. Un miedo que emana de distintas fuentes, desde los discursos aparentemente inocentes y entretenidos que ponen fecha a la llegada del fin del mundo, en sus distintas variantes escatológicas, hasta los relatos más verosímiles que hablan de que el planeta ha llegado a rebasar sus límites y que el crecimiento por el crecimiento no es una buena idea.

En este escenario cada cual recrea y agudiza sus propios miedos. Temor a los mercados y a sus cábalas. Temor a perder señas de identidad. Miedo a los chinos, a los desastres potencialmente mortíferos de guerras por venir. Miedo al terror, que a veces se confunde con el Islam. Miedo a quedarse sin empleo o a no recuperarlo. Miedo al otro, sea inmigrante o extranjero. Miedo al futuro, a los recortes y el empobrecimiento. Miedo a hablar y a manifestarse, bajo la amenaza de un temor inconcreto que divide cualquier movimiento de protesta, que estrangula la autoestima y bloquea todo atisbo de esperanza.

El mensaje que cabría dar en el año de comienza es, precisamente, sacudirse el miedo de encima. No sabría decir cómo se hace esto y cómo sería posible superarlo desde las situaciones más o menos desventajosas en las que cada cual se encuentra. Sí creo que las ideologías del siglo XX ya no son un refugio seguro ni cabe encontrar en ellas una guía tranquilizadora. Creo también que la propia situación genera anticuerpos. Se trata de aceptar el hecho de que el mundo es como es y no como nos gustaría que fuera, pero que puede ser cambiado, al igual que nuestras vidas.